Shimamoto nació en una casa vacía
Antes, Shimamoto era una mujer guapa en el mar de mujeres guapas. pero aquel día, aquella noche, en que estuvimos sólo ella y yo (y Lilla Downs) en la casa vacía y quebrada, Shimamoto comenzó a ser la única, la portentosa, la absoluta.
Sus besos rompieron nuestra desolación.
Creo que cada pareja tiene un momento, un símbolo claro e inequívoco, de que las dos personas han decidido entregarse. Puede ser distinto para cada cual. En el caso de Shimamoto, yo supe que ella quería quererme —al menos por esas horas, por esos días— cuando estuvimos sentados y ella me abrazó con piernas y brazos. "Te estás aprovechando", repetía y repetía, y me besaba furiosa y desgarrada. Y tenía toda la razón; me estaba aprovechando. De todo. De que ella necesitara cariño, de que requiriera saberse bellísima, musa, mi musa, mujer ante varón; de tanto dolor que quería arrancarse, del azar de conocer su debilidad, del vodka, de la inexplicable coincidencia de que ambos quisiéramos renacer, de la suerte infinita de arder simultáneamente, de su orgullo, de su valentía, de resultarle atractivo, de que me encantara hasta lo impúdico.
Luego platicaré de su cintura azul. Ahora le dejo este poema.
Guerra Florida
se miran a los labios fijamente
deponen las rodelas y los mazos
acarician sus largas cabelleras
intercambian destellos
y brazaletes de jade
se besan
se derrumban
combaten cuerpo a cuerpo
hasta que prisioneros
uno en el otro
sueñan que cambia
de color el viento
Francisco Hernández



