La primera vez de Kanasawa
Pocas veces tu piel sentirá tanto cariño. Yo era conciente hasta el deslumbramiento de lo inaudito —de lo milagroso— de tu suave humedad abrazándome, y tu cuerpo era un laberinto tibio y dulce, en combate con las sombras y el deseo. La penumbra de tu vello era la del eclipse a punto de quebrarse en ríos de luz. ¿Cómo pervivía el mundo afuera de nuestro cuarto? ¿Con qué fuerzas, si del núcleo de la Tierra nos adueñábamos? Todo el océano en ti, y los bosques y los ciervos de los bosques, y los volcanes y el desierto cuando atardece. ¿Cómo, Shimamoto, cómo sobreviví al temblor tuyo? Te amé hasta arrinconar a los muertos y a los inmortales. Con la inocente brutalidad del potro y la tersura del laudero. Hágase la luz, dijiste; hágase una ciudad de portentos y piedra que canta, hágase un varón nacido de mi costado.



