Oda a las anémonas (nada queda de mí después de este amor)
La vida de una anémona tiene la inconmensurable ventaja de ser aburrida: sin sobresaltos, penas de amores, deseos desbocados ni frustraciones. Claro que, pese a esta evidente cualidad, no conozco a nadie que quiera ser anémona. Será que algo hay en el dolor, en el sufrimiento, que nos recuerda que estamos vivos y concientes y, sobre todo, que al menos en teoría tenemos la posibilidad de dejar de sufrir. El pesar es la garantía de que existe su contraparte, la alegría. El dolor nos confirma que llegará el placer. Es decir: un lapso de tristeza sólo sirve para unir dos momentos de felicidad, o viceversa. El drama, queridísima Shimamoto, radica en ese "viceversa". Porque, claro, es muy gozoso toparse con la alegría después de un periodo oscuro, pero imagínate tú la hecatombe anímica de rasgar con las uñas el velo del Nirvana, y desde ahí caer a la bruta cotidianidad: el drama de haberte besado, pues, y saber que, ahora, de a poquito nos vamos evaporando.
Este mes quiero ser anémona.



