No respiramos aire, respiramos silencio
Un asalto. Un dar vuelta a la esquina y ahí, traicionera, salta la ternura y me derrumba la calma. Un asalto, insisto. Un ataque en despoblado (que nadie me puebla). Agobiado, ¿con qué cara salgo al mundo, si sé que perderé la postura y lo que de serenidad en mi haya en acordándome de ti, en presentándose la ternura que convocas?
ENCARNACIONES
Hundido el rostro en tu cabello, aspiro
el sofocante aliento de la noche
que allí estancado humea y flota como el sueño.
Todo el inmenso espacio pesadamente yace
sobre esta tibia tierra adormecida,
sobre el cuarto y el lecho y nuestros miembros,
y la casi secreta agitación
que mueve nuestros pechos.
No respiramos aire, respiramos silencio;
un gran silencio inmóvil
que cubre nuestra piel desnuda
como oscuros aceites.
Y de pronto,
siento que mi ternura me desborda y anega,
que también con la sombra te acaricio,
y te abrazo también con el espacio,
y te rozo los labios con el aire;
que toda esta solícita violencia
es también este vasto silencio conmovido
que arrojado de bruces encima de nosotros
se asoma a nuestro amor,
y lo recorre entero un estremecimiento,
sollozo cálido, ala del destino.
Tomás Segovia



