A un mes de Shimamoto
Nunca recuerdo lo que sueño. Esto viene al caso porque me fascinaría saber qué soñé el día que me dijiste que no, y dormimos —dormimos— juntos. Fue en Kanasawa y la habitación del hostal era preciosa, pero yo estaba triste y más porque me tocó dormir con ropa y, lo que es peor, te tocó dormir vestida. Siempre añoro tu desnudez, pero la de ese día me quema. Ya lo he comentado antes en esta bitácora, pero era aún más frustrante porque era evidente que tú tenías planeado dormir desnuda (no habías llevado piyama ni nada así) y yo nomás no supe cómo hacer de ese día, de esa noche, un día y una noche memorables. Tal vez sea mejor que no recuerde mis sueños. El sentimiento de culpa podría fundirme. Te quiero. Te extraño mucho, Shimamoto. Este poema lo escribí un mes después de ese día.
A UN MES DE SHIMAMOTO
Es un dolor que ha llegado de a poco.
No vinieron la tormenta ni el desolado volcán que esperaba.
Fue despertar y sentir las manos débiles.
Fue recostarse entre el cielo que pesaba y la tierra sórdida
Respirar una vida que dolía.
Fue un dolor que llegó como veneno antiguo, como pistoletazo de niebla.
Como un hambre, ¿entiendes?, ácida y plomiza
Que llegó con la vergüenza de no ahogarme en sal, de no sentir el hierro fundido en las vísceras.
Como si la pena embriagara
Fue el fin de un esperanto / Las lluvias que no respondían / El triunfo del silencio.
Casa tomada.
Se aposentó con la seguridad de quien entra a una ciudadela vacía,
con la callada suficiencia de quien no teme a los ataúdes.
Hincar la rodilla de a poco, insistir en que no pasa nada
Y, ahora, sentir los dedos grises, las muñecas oxidadas Nada No Pasa Nada
Impasible, rotunda / Su bronce llegó como sonido de campana.
Eco entre muros muertos, detenidos por enredaderas de palabras que ya no pueden,
que ya no quieren,
que ya para qué.



