Grave, gravitando
Cada relación es un universo. Una dimensión que nace, crece y muere junto con el amor. Nadie tocará —les es inaccesible— lo que nosotros tuvimos, tal como yo tengo vedado acceder a los nuevos, múltiples, lumninosos mundos que procrearás con otros. Fuimos el Bing Bang (mejor dicho, el misterio del Big Bang), la formación de estrellas que se alejan pero se miran eternamente, soles y lunas, asteroides, radiación y planetas; la vida, las aguas, las nubes, el hombre y la mujer, el soplo de la existencia, el canto y el grito, el murmullo de la agonía, la implosión y el vacío, donde ni siquiera hablar de olvido tiene importancia. La cuestión es ser lo suficiente divino para reemprender desde cero la Creación.
II
O tener el complejo de Sísifo
III
En tu nuevo universo me conformo con no convertirme en meteoro y hacer que todo se vaya al carajo. No puedo comprometerme a mucho más. Querría (es un decir) jurarte que no pasaré de ser polvo cósmico y lejano o, para retormar la metáfora de la divinidad, el gentil demonio que se resigna a vivir en el hades de tus apetencias. Pero qué quieres que diga, ¿que me complace mucho ver como todo lo que fuimos se lo va tragando el agujero negro de la indiferencia? ¿Que gozo como bendito al ver que la órbita de tu felicidad está enteramente desligada de mí? ¿Que 'mira, qué bien marcha el mundo aunque no nosotros no estemos abrazados'?



