Y en general te habías ido
Shimamoto es una desconocida entrañable. Tanto sé de ella como de la migración de las mariposas. Con esos retazos de conocimiento, casi intuiciones, ahora debo afrontar este mundo inumerable: sentir, explicarme las desazones, definir las brechas posibles, dejarme ajusticiar por la imaginación. Cómo querría adentrarme en las grutas de su voz y su alma, de sus sicomoros y manantiales. Preguntar por el nacimiento de sus bosques, profundizar geológicamente en sus montes y magmas subterráneos, cuestionarla con largueza sobre la evolución de su sonrisa y las nidadas de garzas que la pueblan. Cuánto daría por rasgar el velo de su templo, encontrarme las tablas de su ley, escuchar a sus profetas íntimos y a sus nigromantes multidudinarios. Que me expliquen por qué sin ella no hay cosmos posible.
EN LA FECHA
Solo de ti, lleno de ti,
esta tarde a las 7,
el ciudadano de tu ausencia
se palpaba la cara, la voz, los papelitos,
deveras comprobando
que tus ruidos andaban por sus huesos
y en general te habías ido.
Golpeó puertas, teléfonos.
La gran ciudad estaba equivocada sin tu pelo, señora,
y él sentía tirones detrás del corazón.
A lo mejor era el tabaco,
de todos modos yo soy otro:
un pedazo de ti,
alguien a quien castigan puertas, ruidos, teléfonos,
y, andá a saber por qué,
toda la parentela de la muerte.
Juan Gelman



